Cuando fueron aprendiendo, comenzaron a implantar ideas extrañas. Decorarse con diferentes objetos para diferenciar sus clanes de las demás entidades, y luego en el correr del tiempo, una gran variedad de símbolos, como banderas, estandartes...y escudos. Aquí radica el punto de inflexión de toda la situación que desencadenó la espantosa aventura de Teo y Violeta.
Durante la Edad Media, por los pueblos más violentos, bárbaros y atrasados que poblaban la Europa de aquella época, existía un clan extraordinariamente sanguinario. En el caos generado por la peste (que había sido producto de una de las “armas” de una pequeña y traviesa entidad aficionada a mutar microorganismos) esta entidad había encontrado divertido reunir una enorme cantidad de humanos susceptibles al fanatismo y con propensión a la violencia. No le había sido muy difícil identificar una serie de líderes y luego emplearlos durante varias generaciones para hostigar las otras tribus de sus hermanas. Y a quién no le ha gustado molestar de vez en cuando a un hermano?...como también le gustaban los símbolos, decidió que su clan de guerreros debía de tener un escudo. Ocupando un cuerpo con algo de dotes artísticas, comenzó a experimentar con variados diseños para un escudo. Al final, luego de haber agotado hasta la locura y posterior extinción del primer organismo, se encontró a sí misma en un escudo de fondo rojo sangre, una calavera blanca y negra con dientes filosos, dos cimitarras cruzadas y un abanico de flechas.
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